Todavía me cuesta ir a verte

Amado en alguna navidad

Hoy mis padres se han ido a misa esperando que apareciese y, como siempre, me la he saltado. De todas maneras tenía pensado acercarme al cementerio dando un paseo después comer. Cuando me preparaba primero se ha apuntado Marina -la mediana- y antes de que me diera cuenta ya se estaban poniendo el chubasquero los otros dos: Carla, la mayor, y Pelayo, el más pequeño. Al final se ha apuntado hasta mi padre. Y ahí nos ves, en fila india por la carretera desde el pueblo. Hemos contado pasos, recogido castañas solitarias y visto peces desde el puente. Sabía que Pelayo no había conocido a Amado, el padre de mi padre. Pero creía que Marina sí. Me ha dicho ella que no, que no había nacido cuando él murió. Eso fue como en enero o febrero de 2008. La verdad es que podía haberlo mirado. Pelayo ha empezado a preguntarle a mi padre si llevaba el bastón para dárselo. Sabe que aunque ahora lo utilice mi padre era de él. Le hemos dicho que no lo necesita donde está. Y entonces ha dicho que si no tiene bastón no podrá caminar en el cielo. Como mi padre y yo tenemos bastante olvidado eso de rezar les hemos preguntado a ellos quien sabía y se ha ofrecido la mayor. Esos seis añitos tenían que notarse. Ha optado por la salve. Les hemos enseñado los nichos con los nombres de mi abuela, Felisa, de él y el de una tía de mi padre que está entre los dos. Se han portado bien. Echo mucho de menos a mi abuelo. Pasé más tiempo con él que con ninguno de los otros. El año que murió me ocurrieron muchas cosas. Esas cosas que solo ocurren a partir de algo así. De algo importante. Todas buenas, aunque al principio sea jodidamente duro darse cuenta. Todavía las paso putas cuando voy a verte.